A finales de diciembre fui a la Universidad a encontrarme con alguien (una
mujer). Durante mi trayecto a la Facultad y durante el tiempo que la estuve
esperando, no pude evitar sentirme raro.
Todo lo que veía me traía recuerdos, y no dejaba de pensar en lo raro que sería
romper con la rutina de ir diario por varias horas durante 16 semanas y ver
rostros familiares.
Estar pensando en todos los recuerdos vividos en la Facultad, hizo que me
diera miedo. Y además de miedo, comencé a sentir una sensación de apego,
"similar" al síndrome de Estocolmo, es decir, quería irme pero no quería
irme, o como dijo el teniente coronel Frank Slade:
“¿Alguna vez has sentido que quieres irte? ¿Y al mismo tiempo has sentido
que quieres quedarte?"
Yo ya había tomado la decisión de romper con ese ciclo que no me llevaría a ningún
lugar (más que a mi muerte, probablemente), sin embargo no podía evitar
sentirme con la sensación de que no era muy adecuado tomar el riesgo que estaba
por tomar.
El viernes 24 de mayo volví a la Facultad, y mientras esperaba a mi amigo
Miguel, recordé lo que sentí aquella mañana de diciembre. Una sonrisa se dibujo
en mis labios mientras que pensaba en lo afortunado que había sido al tomar ese
riesgo, pues ahora en lo que va de este año mi vida ha cambiado mucho, soy más
social, más alegre, tomo más riesgos y sonrió mas.
En pocas palabras estoy feliz.
UA.
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